enero 13, 2013

La historia


Subí las escaleras corriendo, contento, finalmente había llegado, casi sin llamar la atención. Había dejado fluir mi sonrisa y con las manos en los bolsillos, una noche de mucho frío diferente a aquella en que nos conocimos, yo en pantalón y camisa, ella preciosa de saco azul, pequeña, compacta, eterna. Sus ojos claros, su pelo dorado. Zapatillas negras, aros siempre, sin anillos de nuevo.
La primera vez que estuvimos cara a cara y me miró, yo reparé en algo en su rostro, algo que siempre iba a recordar y de lo que ella nunca querría hablar. Pensé que podría hacerle un chiste, ella me respondió con firmeza, pero se rió al fin como toda la vida. Ese día me miró con buenos ojos, serenos, protectores, letales. Anduve con esa estela por meses, protegido, sereno, subyugado.
Estábamos en cero y solo podíamos sumar. Y entonces sumamos minutos a nuestras noches, miradas a nuestros días, silencios a nuestras tardes, enojos a nuestras distancias, palabras a nuestros reencuentros. Yo, desde el principio, solo quise quererla porque es eso lo que sabía hacer. Quererla y extrañarla. Sabía que si miraba el cielo estaríamos mirando las mismas estrellas, pero no sabía si ella miraba el cielo o el suelo. Yo siempre quise saberla feliz.
Siempré confié en que confiara en mi y a veces esa confianza se deshacía en misterios que podrían resolverse en un segundo milagroso, único e irrepetible. Hasta la próxima vez.
Nuestros pies dejaron su huella en todas las veredas de todas las ciudades que pisamos juntos (ciudades y barrios). Y caminaron la distancia entre nuestros cuerpos fundiéndolos en un abrazo y mis ojos la miraron siempre a sus ojos, diáfanos, misteriosos, ajenos a veces. Y mi boca pronunciaba todas las palabras que mi mente nunca llegó a pensar.
Nos acompañamos siempre desde el principio del camino hasta el final, en las bienvenidas y en las despedidas.  Y en mi memoria quedaron grabados todos los números posibles y hacia allá fueron mis cartas. Y alguna vez me senté en el umbral de mi puerta a esperar una carta que nunca llegó, a pesar de.
Siempre supimos que teníamos en común la certeza de no ser parecidos y sin embargo compartir. Una extraña atracción llamada en alguna ocasión, la confusión... un absurdo. Cuando canté canciones que hablaban de ella la letra hablaba de los dos. Ella siempre entendió las letras y supo que estaban en ese papel para que las pueda leer. Toda esa sensibilidad jugaba en mi estómago subiendo por mis brazos convertida en la necesidad de abrazarla infinitamente.Una tarde Le expliqué la composición de los besos, palabra a palabra, sin dejar de mirarla un segundo, sin dejar de besarla, besos cortitos... hasta que me largué a reír cuando cuestionó la veracidad de mi teoría... y entonces descubrí de dónde viene la felicidad... o sea, de ningún lado, está ahí. Cuando conocí su cuerpo desnudo me detuve en su espalda y su pecho, tiré el pelo para adelante y la amé, como hasta entonces pero como nunca. Luego se paró y a media luz me miraba desde la puerta de la habitación... había estado entre mis piernas minutos antes y ahora estaba en otra galaxia. Me miró gravemente, yo dije algo de lo que sentía y ella respondió algo que yo ya sabía y eso era lo que más me gustaba de ella. Ya no estábamos en cero, pero no había motivos para restar.
En la calle ya no había luz, no hacía frío, me levanté a cerrar las ventanas, vi la silueta de la luna en el cielo y noté que hacía mucho que no tenía miedo. Vi mi reflejo en el vidrio de la ventana, tenía una sonrisa en mi cara, pude advertirla... una sonrisa que a principio de año había visto morir y hoy estaba en mí.

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